Por: Micjael Ccopa.
Miguel Eric Zegarra López es un referente del periodismo cultural en Arequipa y pionero en la cobertura musical de la ciudad. Licenciado en Comunicación por la Universidad Nacional de San Agustín, donde también cursó una maestría en su especialidad, complementó su formación con una estadía en Estados Unidos que amplió su mirada cultural. Con más de tres décadas de trayectoria en radio, televisión y prensa escrita, es actualmente Director Periodístico de Misti Prensa y corresponsal de la agencia internacional Reuters desde 1995. Además de su trabajo en medios, ha desempeñado cargos institucionales en Sedapar, SEAL y la Municipalidad de Bustamante y Rivero. Hijo del destacado periodista Luis Zegarra Calderón, ha heredado una vocación por la información rigurosa y cercana. Su pasión por la música —en especial el rock en español— lo llevó a crear espacios como el programa «Atención» y su icónico segmento «Incarock», donde promueve el talento local. Entrevistó a leyendas como Soda Stereo, Charly García y Pedro Suárez Vértiz, sin dejar de lado su espíritu lúdico de eterno fan de Yola Polastri.
¿Cómo nace el vínculo con el periodismo musical? ¿Considera que esto fue una decisión consciente o una pasión que lo arrastró a este mundo?
La historia de Miguel en el periodismo comienza con mi padre, Luis Zegarra Calderón, registrado con el número 004 en el Colegio de Periodistas de Arequipa. Mi padre fue corresponsal del diario El Pueblo, de la agencia UPI y también de La Prensa. En los almuerzos de mediodía, que en ese tiempo eran normales durante los noticieros, mi padre hablaba de las noticias, del cierre de páginas… ese bichito por el periodismo comenzó a calar en mí.
Esos primeros años fueron formativos de una manera única. Ayudaba a mi padre con el noticiero «El Montonero» en Radio Concordia, volteando noticias internacionales que escuchaban en una radio de onda corta, sintonizando «La Voz de los Estados Unidos» para nutrir el segmento internacional del programa.
El destino me llevaría a Estados Unidos durante dos años con intenciones de estudiar publicidad y marketing, pero la salud de mi madre me trajo de regreso a Perú. Me presenté a la Universidad Nacional de San Agustín y lo primero que dije: bueno, si no es publicidad, que sea periodismo.
¿Su formación académica lo preparó para escribir sobre música o es algo que tuvo que aprender, como se dice en el argot criollo, «en la cancha»?
Tuve que aprender en la cancha, porque acá he tenido muy buenos maestros como Jorge Velázquez González y Guillo Sosa, pero ellos eran netamente periodistas de opinión política. Un periodista de radio de espectáculos nunca había habido en Arequipa.
Mi entrada al mundo radiofónico fue casi accidental, pero profundamente significativa. En 1985, siendo ya corresponsal del diario Expreso, necesitaba un trabajo adicional. Radio Panamericana, ubicada en la calle San Francisco, buscaba un redactor para el noticiero «Buenos Días Día».
Un amigo común —que terminó siendo cantante y ahora hace música peruana en Suiza—, me presentó con Tito Galarza, el ex narrador del noticiero de mi padre. Ese encuentro fortuito mientras esperaban entrevistar al prefecto de Arequipa Díaz Oré cambió el curso de mi carrera.
La transición de periodista a locutor no fue inmediata. Pasaron dos meses en una reunión de la radio para ver si yo tenía pasta para la radio. No es como ahora. Antes tenías que ser mínimamente leído, saber un poco de música, conocer los rankings de Estados Unidos y tener algo de inglés para presentar las canciones.
Mi educación musical vino de revistas argentinas como «Pelo» y «Rock and Pop», y ocasionalmente, cuando lograba conseguir una edición de Rolling Stone. Arequipa es una ciudad muy tradicional. Ha tenido revistas de fútbol, de deportes, pero nunca ha desarrollado una revista de espectáculos.
Llegué a la radio con el boom del rock en español: Soda Stereo, grupos peruanos como Frágil, Danae, Ludó entre tantos otros, después los argentinos, los españoles… fue una playa de grupos en español que vivimos en la radio.
En su amplia trayectoria conociendo artistas de gran magnitud, ¿hay alguna canción que lo represente como un himno personal?
El primer grupo internacional que conocí fue Soda Stereo, y me quedé con Soda. Representaba el abanderado del rock en español y latinoamericano, tenía un sonido impresionante y Gustavo Cerati, aparte de su presencia escénica, era el líder de una banda con una voz inconfundible.
«Ellos son mi cabeza como un revólver» es una de las etapas más maduras de Soda Stereo. Hace poco, Cerati ha sido nominado por Billboard como la voz del rock latinoamericano.
¿Se ha convertido en amigo o confidente de algún artista tras una entrevista? ¿Cómo maneja esa cercanía y la ética profesional?
Una de las anécdotas más tiernas ocurrió durante una conferencia de prensa en Cervesur, los periodistas íbamos mínimo de camisa y pantalón, pero yo me atreví a ir con polo y jeans. Tenía un polo de Elton John, y Pedro Suárez-Vértiz me vio y me dijo: ‘Oye, qué paja tu polo’. Le dije que lo traje de Estados Unidos, y él me respondió: ‘¿Qué paja? Te lo compro. ¿Y luego con qué me quedo yo?’ respondí.
Con Raúl Romero tuve algunos «escarceos» iniciales, pero después se dieron cuenta de que las poses no funcionaban entre colegas. Y con Gianmarco viví una situación particularmente curiosa. Vino Joe La Nova quien es padre de Gianmarco. Yo estaba más emocionado por entrevistar a Joe, que había sido mi ídolo de la Nueva Ola. En la tanda comercial, Joe me dijo: Flaco, quiero hablar contigo. Te agradezco que hayas reconocido mi trayectoria, básicamente vine para presentar a mi hijo.

¿Ha habido algún concierto que lo haya marcado por haberlo vivido en persona?
Dos conciertos permanecen grabados en mi memoria como experiencias transformadoras. El primero fue Frágil con su formación original, incluyendo a César Bustamante. Era en el Coliseo Arequipa. En un momento, para la canción ‘Pepas, pastas y otros postres’. «Enciendan un fosforito», dijo César. No había celulares entonces, y obviamente se iluminó el coliseo. César se asustó y dijo: «Mejor apaguen, no vaya a pasar algo».
Pero el concierto que realmente me marcó fue la primera llegada de Charly García a Arequipa por los años 80. Llegaba con una formación de lujo: Fabián Von Quintiero, Fernando Samalea —que después fue baterista de Cerati—, Zeta Bosio…
El concierto del 8 de noviembre fue especial por una razón adicional: se conmemoraba la muerte de John Lennon. Un muchacho de arquitectura llevó un papel craft enrollado, subió la estructura del antiguo Coliseo Arequipa y cuando llegó arriba, desplegó un dibujo de John Lennon. Ahí empezó realmente el concierto, porque todo el mundo se emocionó.
Allí, Charly entra, comienza a tocar, se encienden las luces, ve el dibujo y dice: «Apaguen las luces, afuera todo el mundo», en un momento llegó a botar a sus músicos, como era su estilo propio. En un momento comenzó a tocar temas de Serú Girán que no estaban incluidos en el concierto, porque el concierto era para presentar ‘Símbolo de paz’, su último álbum.
¿Recuerda el primer disco que compró?
Lo compré cuando era un niño y fue un LP 45 de Michael Jackson y Paul McCartney, con «Ébano y Marfil». Es el primer disco de rock que compré, pero me tengo que declarar fan de Yola Polastri, así que también tenía mi lista de Yolados.
Si pudiera entrevistar a un artista fallecido, ¿a quién lo haría?
A Pedro Suárez-Vértiz, pero por una razón profunda. Pedro, aparte de ser muy buen interlocutor, era un tipo de filosofía muy particular. Fue, sin lugar a dudas, la primera influencia musical de rock, y no solamente de rock, porque también hablaba de la vida misma.
¿Y qué pregunta quiso hacerle?
¿Cuál es la canción que le faltó componer para sentirse plenamente realizado como artista? Los artistas siempre tienen sus bocetos, sus canciones a medias que guardan porque quieren tener tiempo para elaborarlas mejor.
Estamos próximos al 13 de julio, el Día del Rock, ¿cómo vivió usted estos días festivos?
Recuerdo mucho los inicios del rock arequipeño, con esperanza de que ojalá esto se revierta, y podamos presentar y difundir más a grupos de jóvenes muy buenos.
En mi programa «Atención» los sábados desde las 5 de la tarde, dedico un segmento llamado «Incarock» para difundir lo mejor del rock nacional y especialmente arequipeño. Hay muy buenos grupos jóvenes. El problema es que no hay difusión.
Está Fertakiri, está Diablo Catedral, está el Club de los poetas muertos, está Bareto —conformado por Roni Carbajal y César Macedo, aunque no lo crean.
Si tuviera la oportunidad de titular un libro con todas sus experiencias, ¿cómo lo llamaría?
«Me dicen Rock». Un título simple pero profundo que encapsula décadas de pasión musical y periodística.
¿Qué consejo daría a aquellos jóvenes periodistas que se quieren dedicar al periodismo cultural, específicamente al ámbito musical?
Que lean mucho, que lean mucho, que lean mucho. Y no solo en redes sociales. No hay periodista que no se forme en el hábito de la lectura, en cruzar información, en buscar la fuente, en no dar su opinión sino mostrar la verdad tal cual.
La tecnología no puede estar manejándonos. Utilicemos la tecnología para llegar a la verdad. El periodismo de investigación es tan apasionante que ahora, con todos los instrumentos disponibles, puedes contrastar fuentes mucho más fácilmente.
¿Hay alguna anécdota de su formación académica que lo haya marcado y alguna frase que siempre lo haya acompañado en su trayectoria?
Cuando comencé a revisar la hemeroteca, encontré una nota sobre el incendio del estadio Melgar firmada por mi padre. Me impresionó mucho porque mi padre siempre decía que la pluma no se debía vender nunca, que el hecho de ser periodista y hablar con la verdad ya era el pago suficiente para una labor que es más que un servicio: dar información veraz, oportuna y objetiva.
En sus palabras finales, queda claro que su legado no son solo las entrevistas o las notas musicales, sino el amor genuino por contar historias, por preservar la memoria musical de una generación y por mantener viva la llama del rock en una ciudad tradicionalmente conservadora.
Como él mismo dice: «Las palabras se las lleva el viento, pero las letras se quedan en el papel.» Y estas letras, estas memorias musicales, quedarán como testimonio de una vida dedicada a la banda sonora de nuestras vidas.

