La indiferencia es el cáncer de las sociedades modernas. No se disfraza con discursos ni necesita barricadas: simplemente calla. Ese mutismo que se vende como prudencia es, en realidad, complicidad. Martin Niemöller lo advirtió en su célebre poema: cuando dejamos pasar el atropello contra el otro porque “no es de los míos”, pavimentamos el camino para que mañana nadie hable por nosotros.
Antonio Gramsci llamó a la indiferencia “el peso muerto de la historia”. No se equivocaba. Cada omisión es una piedra que asegura la continuidad de la injusticia. La defensa de los derechos humanos no tiene dueño ideológico: se trata de un principio universal. Desde el Cilindro de Ciro en el 539 a.C., que proclamó la libertad de culto y la igualdad racial, hasta las denuncias de Montesinos y Las Casas contra los abusos coloniales, la historia muestra que la justicia trasciende banderas y credos. Los valientes de cada época no defendieron a quienes pensaban igual que ellos, sino a quienes, simplemente, eran humanos.
Hoy, demasiados optan por callar frente a atropellos contra migrantes, minorías, disidentes o adversarios políticos. Creen que con el silencio se salvan de problemas. No entienden que el silencio es el combustible de los intolerantes. Slavoj Zizek lo dijo con crudeza: “la indiferencia nos hunde en el cenagal del ser estúpido”. Y es cierto: callar ante la injusticia no es prudencia, es torpeza moral.
La omisión, como advierte Pascual García Senderos, “es más hiriente que cualquier acción”. El mensaje que enviamos al no actuar es devastador: tu humanidad vale menos que mi comodidad. Y lo más grave es que los grupos que atacan derechos fundamentales no necesitan convencer a todos; les basta con que la mayoría permanezca en silencio. Ken Follett lo resumió sin rodeos: lo que más dolerá a esta generación no serán las palabras de los malos, sino los silencios de los buenos.
Esa claudicación cotidiana es la victoria cultural de quienes promueven el odio. Cada silencio otorga. Cada silencio normaliza. Y cada silencio se transforma en un aval invisible para discursos excluyentes que terminan siendo política de Estado.
No se trata de heroicidades imposibles. Se trata de coraje, de “vivir con la verdad”, como Guamán Poma que denunció abusos coloniales en una carta monumental de 1.200 páginas al rey de España, aun sabiendo que sus palabras podían quedar enterradas en un archivo. La historia no se inclina ante los que callan: se inclina ante los que alzan la voz contra la corriente.
La indiferencia endurece el corazón. La empatía lo rescata. No esperemos a que vengan por nosotros. Porque vendrán. Y entonces, como escribió Niemöller, ya no habrá nadie para hablar.
(PUBLICADO EN LA EDICIÓN DEL LUNES 25 DE AGOSTO 2025 DEL DIARIO VIRAL)
