Por: Micjael Ccopa.
Hay voces que marcan épocas, que se quedan grabadas en la memoria colectiva. La de Mappy Luisa Arce Figueroa es una de ellas. «El micrófono desde niña me ha encantado», dice con una sonrisa que parece conservar toda la frescura de aquella primera vez.
La historia comienza en Tacna, donde a los 13 años pisó por primera vez una cabina real: Radio Nacional. Era una adolescente que formaba parte del club de declamación y teatro de su colegio, y aquella invitación cambiaría el rumbo de su vida para siempre.
«Ahí me enamoré», recuerda, como quien evoca un primer amor. «Me gustó la radio y de pronto ahí empezaron a grabar, algunas cositas. Ahí empezó y fue una emoción muy grande.»
LOS PROGRAMAS DEL CORAZÓN
Entre todos los programas que marcaron su carrera, hay uno que emerge con especial nostalgia: «Sentimientos», aquel espacio nocturno de Radio Fidelidad que conquistaba corazones en la madrugada arequipeña. Pero fue «Esta noche la paso contigo» el que verdaderamente la desafió como profesional.
«Me lo impusieron», confiesa entre risas. «Yo ni pensaba que era de esa índole el programa, pero luego me terminó gustando muchísimo. Era un programa de puro bolero.» El padre Eloy Arribas Lázaro, figura legendaria de Radio Yaraví, le entregó un libro sobre los 100 años del bolero. «Me dijo: ‘Ay, mami, tienes que hacer ese programa. Y me dio un tremendo libro para que me empape’.»
Durante ocho años, de ocho a diez de la noche, su voz acompañó a los enamorados de Arequipa. Era apenas una joven de 19 años difundiendo canciones para adultos, impostando una voz que la hiciera sonar mayor, más madura. «Había que impostar mucho la voz», explica. «Imagínate hacer un programa de boleros que era para gente adulta, para gente grande.»
EL ARTE DE LA IMPOSTURA VOCAL
La anécdota más tierna surge cuando recuerda a los oyentes que llegaban a la radio esperando encontrar a una mujer mayor, experimentada en los avatares del amor. «Me acuerdo que me decían: ‘Ah, yo te imaginaba mayor. Pero si eres una niña'», cuenta con esa mezcla de diversión y ternura que caracteriza sus relatos. «Y bueno, esas cuestiones tan simpáticas que nos pasan en la radio.»
La radio de entonces exigía respeto, producción, dedicación absoluta. «Siempre digo que el micrófono merece respeto», enfatiza con firmeza. «La cámara, la pluma merece respeto. Hay un respeto al público.» No era posible improvisar; cada programa de dos horas requería otras dos de producción. «Así se trabajaba.»
UNA ESCUELA DE GIGANTES
Su paso por Radio Landa la conectó con los grandes de la locución arequipeña. Conoció a Max Landa, al legendario tío Guido Diaz Rivera. «Guardo un bonito recuerdo de gente que ya tenía muchos años», dice con melancolía. «Era una chiquivieja», se describe a sí misma. «Tenía como 15, 16, 17, 18 años y por el contacto que tenía con locutores tan añejos, había mucho respeto al micrófono.»
El encuentro con el tío Guido merece capítulo aparte. Era un ícono que ella escuchaba desde niña en onda larga, cuando su abuelita le decía: «Escucha Radio Arequipa en Tacna.» Cuando finalmente lo conoció, no grababa publicidad; la leía en vivo, con sus papeles desplegados frente al micrófono. «Me resultó mucha curiosidad cómo leía la publicidad en papel, porque no grababa. Toda la publicidad la leía.»
EL TEATRO DEL AIRE
Pero quizás lo más emotivo de su relato surge cuando habla de las radionovelas, ese teatro invisible que creaba mundos enteros solo con voces y efectos especiales. Hasta el año 2000 siguió haciendo radiodramas con su compañero Floro. «Mappy y Floro decían, son sus chapas, no, son nuestros nombres verdaderos», recuerda entre risas.
Tenía un club de radioapasionados formado por estudiantes de tercero, cuarto y quinto año de secundaria. Todos los viernes, después del colegio, se reunían por tres horas para grabar historias que abordaban temas sociales: alcoholismo juvenil, educación sexual, drogadicción. La serie «Y ahora lo decides tú» presentaba dos finales diferentes, y la audiencia decidía por teléfono cuál elegir.
«Era una conexión muy bonita», reflexiona. «Hacer radiodramas, hacer radionovelas al oído en la radio con todos los efectos especiales te crea un mundo maravilloso. Nosotros somos seres analógicos, el ser humano es un ser analógico y nos encanta escuchar.»
LA EVOLUCIÓN TECNOLÓGICA
«Lo único permanente es el cambio», dice con convicción. «Nunca me he resistido al cambio. Jamás.» Su carrera fue testigo de la transición completa de la radio: desde los discos de vinilo hasta el streaming digital. Recuerda con precisión técnica cómo había que sostener los discos de 45 revoluciones para evitar «el gato», ese ruido espantoso que se producía si no se manejaban correctamente.
«Todavía yo llegaba a disfrutar de esa música», evoca nostálgica. «Me acuerdo que todavía estaba el LP de Luis Miguel, que era todo un boom.» Las reporteras de cassette, los minidiscos, los CD, cada formato trajo sus propios rituales y cuidados. «Con el lapicero hacíamos esto porque a veces nos enredaba la cinta», gesticula como si aún tuviera entre sus manos aquellas cintas rebeldes.
Las radios tenían discotecarias, profesionales encargadas de custodiar los tesoros musicales. «Tú ibas con tu guión técnico, le decías: ‘Voy a utilizar 12 discos.’ Entonces tú ibas y le entregabas ahí, ella te entregaba el material.»
EL LEGADO DE UNA PASIÓN
Hoy, desde las aulas universitarias, Mappy Arce transmite esa pasión a nuevas generaciones. «Extraño el micrófono», admite, «pero el consuelo siempre es estar con ustedes, que han sido mis estudiantes, poderles compartir aquello que aprendí.»
¿Volvería a la radio? Es una de las preguntas que escucha siempre. «Me gustaría terminar mi vida profesional haciendo radio, pero de una forma diferente. Crear mi propia radio, un streaming, hacer podcast.» Sus ojos vuelven a brillar con esa chispa de niña de tres años. «La radio se reinventó. Y nunca va a desaparecer.»
EL MENSAJE A LA JOVEN MAPPY
Al final de nuestra conversación, le pido que se dirija a aquella joven que comenzó esta aventura hace décadas. Su respuesta surge: «Me miraría y diría: ‘Vamos, tú lo logras.’ Yo tenía siempre mis objetivos muy claros, yo sabía lo que quería hacer.»
Recuerda cómo se miraba al espejo diciéndose: «Yo confío en ti.» Y luego, con la sabiduría que dan los años y la experiencia, añade: «La vida es una lucha constante, son muchas batallas. Hay batallas que se ganan y hay batallas que se pierden, pero tenemos que seguir y vamos para adelante.»
Su voz, esa misma que enamoró durante décadas a través de las ondas radiales, se suaviza al hablar de sus estudiantes: «Son mi energía, que yo me siento tan feliz de tener clase.» Y con la firmeza de siempre, concluye: «Siempre algo bueno va a venir si hacemos las cosas bien.»
La entrevista termina, pero su voz permanece, como esos boleros que aún grabados en la escena arequipeña: «Esta noche la paso contigo.» Porque hay voces que no se apagan nunca, que siguen en el corazón de quienes una vez las escucharon y se enamoraron de la magia invisible de la radio.

